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Hermanastras y sapos. Amor Disney y agenciamiento feminista

Brigitte Vasallo


Poéticas feministas del cuerpo y del deseo
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Nadia Sanmartin

Sabemos que los feminicidios están relacionados con la construcción de género, con la masculinidad guerrera y posesiva. Pero también tienen relación con nuestra construcción amorosa dependiente, a escala emocional y a escala material, en nuestra construcción de subjetividad, y requiere la colectivización de las líneas de fuga. Por consiguiente, este texto quiere ser un artículo de autodefensa feminista y de corresponsabilidad con esta autodefensa

27 de octubre de 2019

Si alguna cosa del pensamiento crítico amoroso me interesa son los feminicidios y el largo periplo de violencias de nuestras vidas amorosas. Sabemos que los feminicidios están relacionados con la construcción de género, con la masculinidad guerrera y posesiva, con la cosificación de nuestras vidas, con la conquista de nuestro cuerpo como otro campo de batalla a añadir a la larga lista de campos de batalla. Pero también tienen relación con nuestra construcción amorosa dependiente, a escala emocional y a escala material, en nuestra construcción de subjetividad, y requiere la colectivización de las líneas de fuga. Las violencias son de quien las causa, pero tenemos que crear juntas las rendijas para huir de ellas. Por consiguiente, este texto quiere ser un artículo de autodefensa feminista y de corresponsabilidad con esta autodefensa, partiendo de la idea que el yo no acaba en el límite de mi piel, sino que se expande hacia el nosotros. Las violencias amorosas son pues una piedra que tiro al centro del lago para poder observar cual es el alcance de las ondas expansivas. 

Hay una frase, casi un aforismo, que parece estar consensuada. El amor romántico mata. Pero a pesar de ello lo seguimos reproduciendo porque, cuando estamos enamoradas, tenemos la certeza de que nuestro amor no nos matará y porque cuando lo publicitamos y, por tanto, lo validamos, tenemos la certeza de que no estamos validando el amor que mata sino el amor bonito que decimos que nos salvará. Aquí ya nos encontramos con las primeras trampas: por una parte, creer que es el sentimiento lo que tenemos que parar y no su formulación, y por otra creer que el amor romántico no es aquello tan bonito que vivimos. Porque si alguna cosa tiene el amor romántico, es que es muy bonito. 

Podemos empezar a separar el grano de la paja haciendo arqueología aficionada del término. El romanticismo fue un movimiento cultural y político que adquirió su momento de gloria en el siglo XIX, un siglo con una salud de hierro que está durando desde hace ya más de 200 años y sigue sumando. En Europa veníamos de Napoleón, que se dice pronto, y de una Ilustración que se hizo pesada como ella sola y, en estos movimientos pendulares tan típicos de la historia del continente, el romanticismo apostó por un extremo formal opuesto, porque en cuestiones de fondo tampoco era tan opuesto. Pasamos pues a una exaltación sentimental casi afectada, al yo-yo-yo mi-mi-mí, a los dramas, a los traumas y a las nieblas infinitas. Probad un poco del Tannhäuser de Wagner y ya me diréis… 

El amor, evidentemente, se sitúa en el centro de este juego, pero no puede ser un amor plácido porque esto no da para wagneriadas. El amor como reto, como fatalidad, el amor que todo lo puede y que es, al mismo tiempo, imposible. Cuanto más imposible, mejor. Tenemos a Romeo y Julieta de Shakespeare que es de unos cuantos siglos anterior y que ha quedado en el imaginario colectivo europeo como la gran historia de amor que ya sabéis cuanto les duró y como acabó. En la literatura catalana, este sí en pleno romanticismo, que se instaló aquí con el sello de la Renaixença, tenemos al maravilloso Àngel Guimerà. Mar i Cel narra el amor imposible entre Blanca y Saïd, una noble cristiana y un pirata musulmán, en el contexto de la expulsión de los moriscos, que vivirán un amor más allá de la muerte y demás: el mar y el cielo que se encuentran eternamente en el horizonte, ya os lo podéis imaginar. 

Toda esta exaltación del amor como dificultad, como sacrificio, como sentido último de todo ha calado… y de qué manera. Combinado con la construcción social de las mujeres como cuidadoras, que también es construcción de subjetividad, ha dado lugar a un cóctel muy peligroso de confusión entre el amor y la violencia, y entre el amor y la aceptación íntima de la violencia porque el amor lo puede todo. De hecho, para ser totalmente exacta, el inicio del cóctel, tirando del hilo que propone Gloria Steinem, reside en la confusión entre amor y romance, entre amor y fábula, incluso entre amor y galanteo.  

Cuando hablamos de amor romántico, pues, no hablamos del amor detallista: no hablamos de las cenitas, de las puestas de sol y de mirarnos embelesadas a los ojos. Eso tendríamos que hacerlo más a menudo o tendríamos que darnos cuenta de que lo hacemos con mucha más gente y con muchas más cosas que con nuestra pareja. Miramos embelesadas al feminismo, las manifestaciones nos conmueven, tenemos cenitas con las amigas que nada tienen que envidiar a las que tenemos con aquello que cualificamos de amores, como si las amigas no lo fuesen, y miramos puestas de sol con nosotras mismas, a veces echando de menos la presencia de alguien significativo como si nosotras no fuésemos lo suficientemente significativas. 

Cuando añado la capa de amor Disney tomo el paradigma de los cuentos infantiles románticos, de los que las películas Disney son transmisores contemporáneos. Si nos seguimos contando estos cuentos es porque contienen información transmisible, socialmente aceptada y, como tal, invisibilizada, normalizada. Hemos hablado mucho del príncipe, me temo que por esta dificultad que tenemos de analizar las líneas horizontales sin quedar atrapadas en la verticalidad, en la relación de poder primaria que representaría el príncipe. Pero las historias Disney contienen líneas transcendentes en el entramado de nuestras construcciones amorosas más allá del análisis de la pareja en sí. 

Veamos: la protagonista de los cuentos, la Cenicienta, por ejemplo, es una chica bonita y buena, dos adjetivos que van juntos para una máxima romántica también, que ejemplifica el verso de John Keats (romántico) que dice “la belleza es verdad”. Hay una serie de valores asociados a la belleza física o, más bien, entendemos de forma subconsciente (de manera sistémica) que la bondad tiene consecuencias en el exterior de las personas, un exterior y una belleza, aun así, totalmente normalizadas por unos estándares que vienen determinados por el capitalismo que gira alrededor del negocio de la moda y de la cosmética, y cruzados por una mirada extremadamente patriarcal, racista, capacitista  y clasista, como mínimo. Y heterocentrada, claro. Esto, como nota a pie de página, porque no es aquí exactamente donde quería ir a parar. Esta chica buena-y-bonita está rodeada por otras mujeres feas y malas, también así todo junto. Las madrastras, las hermanastras... mujeres de la familia sobrevenidas, la familia mala que no es sanguínea. Pero esto también da para otro artículo y nos estamos desviando del tema. Estas mujeres que la rodean la odian, le hacen la vida imposible y a lo largo del cuento queda claro que la protagonista, la Cenicienta, es mejor que ellas. Mejor. Atención a la primera marca de la confrontación femenina. Más bonita, más dulce, más cuidadora, más inocente, más limpia y no sé cuántos mandatos de género más. Y todo va en el sentido de que la Cenicienta reciba el sitio que se merece. Que merece por méritos, permítanme la redundancia que ya me estoy poniendo nerviosa. ¿Y cuándo se va a demostrar esta superioridad sobre las otras mujeres? ¡Tachán! Cuando una persona con privilegio de género y de clase, alguien con más poder, el amo, en resumen, la escoja. Subrayo el privilegio de clase porque se trata de un príncipe, no del vecino de al lado, ni mucho menos la pescadera de la esquina. Privilegio de género y de clase. La escoge, pues, y ella acepta la elección, nunca se plantea la posibilidad de que no lo haga. La aceptación viene de serie. Imaginen que llega el príncipe y la Cenicienta le dice: “Ay chico, que pereza me das” ... Ni se plantea, porque las mujeres, las Cenicientas, no podemos dejar pasar el amor®. Y ya está. La Cenicienta gana y las mujeres a su alrededor pierden. Chimpún. 

El amor romántico mata así, exactamente. Mata porque nos confronta, mata porque nos aísla, mata porque hace pasar el amor®, es decir, la pareja, por delante de todo. Y cuando llega la violencia, ya me dirás como se desmonta esto, y como se asimila que aquello que tenía que ser lo mejor que te ha pasado, aquello que te da valor y autoestima, resulta que es una porquería. ¿Como lo hacemos? Porque en esta tesitura, compañeras, hemos estado todas.  

Hay un montón de presunciones erróneas alrededor del amor Disney que lo protegen, también entre las feministas. Una de ellas es que el amor Disney no es amor verdadero, es otra cosa. Y claro, lo que cada una de nosotras sentimos cuando nos enamoramos, faltaría más, ¡es amor! Por consiguiente, llegamos a la conclusión que el amor Disney es lo que sienten las demás. Lo señalamos (en las demás) y nos quedamos tan anchas. Vayamos por partes: cuando decimos Disney, o romántico, nos referimos a la construcción, no al sentimiento. Sentimos lo que sentimos, y sentimos lo que podemos sentir. Construimos el amor de esta manera, y lo peligroso es la manera de construirlo. Por otra parte, lo que sentimos también es una construcción. Pongo un ejemplo que tengo ya muy gastado pero que me parece muy útil. Si pensamos en pasear solas de noche por un cementerio sentimos miedo y si lo hiciéramos, nos moriríamos efectivamente de miedo. Pero no tenemos ninguna experiencia (¡en toda la historia!) de muertos que hayan salido de sus tumbas para matar a alguien, ni de violadores que violen después de muertos, ni nada parecido. Seguramente ni los malos-malos van de noche a los cementerios porque allí no hay nada que hacer. Debe ser el lugar más seguro del mundo. El miedo que sentimos, pues, es un miedo construido socialmente. 

El enamoramiento lo sentimos, claro, pero también lo construimos. Hay una serie de rituales de auto enamoramiento que incorporamos sin rodeos porque enamorarnos es un mandato de género, porque ser mujeres es estar enamoradas, por mal que suene. Me sé la teoría, pero también me remito a la práctica y a las escasas épocas de la vida que pasamos sin estar emparejadas. Para enamorarnos, y para enamorar, mitificamos, generamos narrativas de predestinación, resignificamos las memorias de nuestras vidas para ir a parar allá, a aquel enamoramiento, a aquella pareja. Y hacer todo esto no significa que no sentimos lo que sentimos ni quiere decir que aquello que sentimos no sea real, Ni siquiera quiere decir que sea “malo”. Pero igual que hemos entendido que el género es una construcción y no por ello es menos real, el enamoramiento se tendría que entender de una manera similar, y entender también sur performatividad. 

Otra cuestión que asumimos respecto al enamoramiento y que, para mí, contradice de manera frontal el pensamiento feminista, es la falta de acción ante el enamoramiento. La inevitabilidad, que cuando te enamoras no puedes hacer nada, es una idea extremadamente peligrosa. Nuestro deseo, que es nuestro, que es propio, pasa a ser un deseo de reciprocidad, deseo de ser deseada, en un ejercicio de auto cosificación que no tiene que ver con el cuerpo sino con la mirada recibida, con la necesidad de recibir la mirada del deseo recíproco. De alguna manera, entregamos nuestro deseo sin decidir ni tan solo hacerlo: nos nace entregado. El deseo se completa con la reciprocidad... y es así como lo perdemos. Desear y querer ser deseada son dos cosas que debemos diferenciar. La predestinación también se articula con este relato de la inevitable: la otra y yo estamos destinadas, y contra el destino pues ya me dirás. Es una lógica curiosa para un movimiento des-esencializador como el feminismo que ha luchado tanto para arrancar nuestras vidas de las garras de la predestinación. 

Para acabarlo de rematar, el amor de verdad, el amor-amor, es único. Ninguna Cenicienta tiene tres maridos y dos novias. El cuento acaba cuando encuentras el Amor, con mayúsculas, y ya está. ¿Como lo hacemos para conjugar esta idea que tenemos muy enraizada con la realidad amorosa de nuestras vidas largas y cambiantes, con nuestras biografías llenas de amores? Fácil: negándolos todos, menos el amor presente. Hay un montón de canciones que hablan de ello, de la especificidad tan específica de lo que sentimos tú y yo como si nadie lo sintiera igual o como si cada una de nosotras no lo hubiésemos sentido antes. Madre mía, la intensidad. Pongámonos serias un momento, y sin hacerlo público, contestémonos en privado, en silencio: descartemos el amor actual, quien lo esté viviendo. Porque ya sabemos que no podemos ser objetivas, pero, repasando vuestros amores anteriores, ¿no os parece que cada vez os parecía que era el Amor y es la ruptura la marca que nos hace repensarlo como no-verdadero en tanto que temporal, no eterno? 

Con todo este tinglado está claro que estamos bastante indefensas ante el enamoramiento. Pero aún nos queda el meollo, la cuestión que para mí es clave: la confrontación horizontal y cuando digo horizontal pienso en la Cenicienta y las hermanas como pienso en nosotras como enamoradas y en las amigas, como pienso en nosotras como enamoradas y las exparejas de nuestra pareja. He escrito alguna vez que la expareja de nuestra pareja tiene información transcendente… y ojalá lo hubiese aprendido antes, pero el sistema no nos lo deja ver. El sistema de confrontación, aquel que nos dice que las demás mujeres nos tienen envidia y desean nuestro príncipe o nuestra princesa, nos enseña que somos competidoras natas y que conseguir la atención de aquella persona demostrará que somos mejores. Tal vez no vayamos por la vida pensando que somos mejores (tal vez, digo) pero todas hemos vivido la sensación de no ser las escogidas y pensar que somos peores. Forma parte del mismo entramado. 

La rueda es una rueda y, como a tal, es infinita. Si parásemos la confrontación, si al menos diésemos espacio para pararla, buena parte del todo cambiaría. Pero pararla nos haría cambiar la manera en que nos situamos respecto a los amores, porque la autoestima tiene mucho que ver con este ser mejor-peor que las demás. Porque vivimos en un mundo jerárquico donde sólo es válido aquello que es mejor, en un mundo que nos pide, constantemente, sobresalir, individualizarnos. Si parásemos la rueda, romper una relación no sería un fracaso de dimensiones tan terribles, no sería una vergüenza, sería un paso más, natural, en los múltiples caminos de la vida.  Si la parásemos no hablaríamos de estar solas cuando no tenemos pareja porque, de hecho, no lo estaríamos. Porque nuestras amigas tampoco priorizarían sus parejas por delante de sus otros afectos, porque podríamos hacer red, podríamos hacer enjambre. Si la parásemos iríamos a hablar con las exparejas de nuestra pareja para ver cómo les ha ido, y nos lo explicarían con sinceridad porque en ello no les iría el orgullo ni la autoestima. Si la parásemos, estoy convencida que estaríamos abriendo rendijas, entre todas, para poder huir de la violencia cuando llega la violencia. Y hemos perdido demasiadas compañeras en este camino para pensar que es una cosa sin importancia, un detalle sin más.   

No solo no paramos la confrontación horizontal cuando se trata de amores, sino que publicitamos constantemente el entramado. Cada vez que lucimos nuestra pareja estamos enviando un mensaje claro a las demás: la felicidad es esto, ser una mujer de éxito es esto, sin esto no somos nada, ni nosotras, las feministas, las empoderadas y todo eso que decimos ser. Podemos romper todos los mandatos de género, pero este no podemos, no sabemos, no nos atrevemos, de tan potente que es el sistema.  

La construcción de género está anclada en todo esto, en enamorarnos. Lo que digo no es nada nuevo, pero quizás no hayamos conseguido entender las últimas consecuencias de todo esto. 

Para concluir y no dejarme nada en el tintero, apunto también la cuestión de la monogamia. Ya he intentado demostrar en otros trabajos que la monogamia es un sistema de distribución de los vínculos y que no va de cantidad, de tener diversas parejas, sino del peso que esta construcción tiene ante el resto de los vínculos. En eso que llamamos poliamor y que, para mí, es una forma de monogamia en tanto que sigue trabajando sobre el peso de la pareja se habla mucho de temas como la comprensión, un neologismo para definir la alegría ante la felicidad del otro. No puedo dejar de señalar la miseria de una sociedad que no tiene una palabra para definir esto. En este submundo poliamoroso ya existe incluso el síndrome de la buena poliamorosa, que viene a ser la modernización formal del mito de la buena esposa. Parar la confrontación horizontal conlleva conocer bien sus propios límites y saberlos proteger, si lo que queremos parar es la violencia. Como todas las cuestiones sistémicas en las que estamos poniendo el cuerpo, no podremos cambiar de manera individual ni de manera inmediata. La confrontación se para en cada paso, buscando alianzas, parando los golpes y no tendiendo la otra mejilla, protegiéndonos sin atacar, que son cosas diferentes. Agenciándonos nuestra vida, la intimidad de nuestra vida también, la intimidad de nuestros deseos y de nuestros amores, dejándonos de mares y cielos y volviendo a la tierra porque el Amor se vuelva, por fin, amor en minúscula, una emoción que nos haga bien y no nos haga, colectivamente, ni dependientes, ni sufridoras ni violentas ni violentadas. Abrir entre todas las rendijas para huir y abrir los espacios para acogernos cuando tenemos que huir. También a escala material, también a escala emocional. 

Nunca he creído en la varita mágica de la resolución de este infierno en el que vivimos: soy de la escuela interseccional y creo que el análisis nos da instrumentos para entender la realidad, pero que no es la realidad. Y a pesar de ello, estoy convencida, tengo la certeza íntima (ve tú a saber qué significa esto) que, si pusiésemos más ahínco en parar la confrontación entre nosotras, nada volvería a ser igual. Y todo sería mejor, más vivible, menos violento.