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Viejos imaginarios, nuevas migraciones

Tania Adam


Demografía y migraciones
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© Daniel Castro Garcia. Proyecto I Peri N'Tera

«No estamos ante una crisis de movilidad humana, nos encontramos ante un problema estructural: hemos entrado en la Era de las migraciones y de los flujos de mercancías, de capitales y de informaciones, y los migrantes se han convertido en un nuevo sujeto político»

16 de mayo de 2019

«Cada día llegan jóvenes a las ciudades africanas. Han abandonado la escuela y el entorno familiar para intentar entrar en el mundo moderno. Una juventud enclavada entre la tradición y la modernidad, entre el Islam y el alcohol... seducida por los ídolos modernos del boxeo y del cine». Así empieza la película Moi, un noir (1958), un experimento cinematográfico donde Jean Rouge muestra la cotidianeidad y las dificultades de los jóvenes de Níger que han emigrado a Treichville, un suburbio de la capital de Costa de Marfil, Abidjan. Cincuenta años más tarde, Ousman Oumar, seducido por los aviones de los pilotos blancos que sobrevolaban su pueblo ghanés, decide iniciar su Viaje al país de los blancos (Plaza Janés, 2018). La vulnerabilidad de Ousman, un menor migrante no acompañado (MENA), abandonado a su suerte en las calles de Barcelona, no difiere mucho de la de los adolescentes nigerinos. 

La distancia temporal, geográfica e ideológica entre ambos procesos migratorios es notable. En 1958, en pleno proceso de las descolonizaciones africanas, la idea de ir a occidente resultaba lejana. Hoy niños y jóvenes abandonan sus pueblos en dirección al Paraíso, al País de los Blancos, sin saber si llegarán. Ousman, con tan solo doce años, tardó cinco en cruzar ciudades, desiertos y mares antes de llegar a su destino. Vio demasiadas muertes por el camino. Como muchos jóvenes africanos, la obstinación de este chico por llegar a Europa a cualquier precio puede ser incomprensible para quienes observamos los cuerpos sin vida que arriban a las orillas del Mediterráneo. Cuesta entender esta determinación ante la posibilidad de perder la vida. 

Entender los mecanismos mentales y sociales que los atraviesan es complejo. Sin duda se trata de un extraño cóctel de desigualdades económicas, causas políticas y culturales. Igualmente convendría revisar los efectos del colonialismo y de los discursos de poder de «Occidente» en parte responsable; el sentimiento de inferioridad de los «no occidentales» fraguado desde hace siglos por efecto de la gramática colonial. Sin incorporar epistemologías del Sur y formas de observación ajenas al paternalismo es imposible entender la vida de Oumar o la de los jóvenes nigerinos. 

La Era de las migraciones

El profesor e investigador especializado en derechos humanos y conflictos en África, Mbuyi Kabunda Badi, lleva tiempo enunciando que «pensar en un Estado-nación homogéneo y con las fronteras cerradas es anacrónico, ya que hemos entrado en la Era de las migraciones». Los datos de la ONU lo corroboran: en 2017 esta organización calculó que más de 200 millones de personas vivían en un país que no era su país de nacimiento, esto supone un 3,5% aproximadamente de la población mundial. Si juntásemos a todas estas personas en un país virtual, sería el quinto país más grande del mundo. Queda claro que el siglo XXI es el de los pueblos en movimiento. 

Las personas se mueven por razones económicas, demográficas, políticas, medioambientales o conflictos bélicos, motivadas por el desarrollo de las telecomunicaciones y los medios de transporte. Pero no todas pueden viajar en avión y con visado. A Ousman Oumar no le quedó más opción que echarse a los buitres para llegar al Paraíso. Las muertes en el desierto del Sahara y en la Frontera Sur nos lo recuerdan cada día. El Mediterráneo, ese mar idílico para muchos, se ha convertido en una fosa común. La Organización Internacional para las Migraciones indica que solo en 2018, unas 2.300 personas perecieron en el Mediterráneo. Todos estamos siendo testigos no solo del drama humano sino de cómo la retórica antiinmigrante (amplificada por los medios de comunicación y los partidos políticos ansiosos de votos), está gestando un ambiente insostenible. Pero es importante recabar datos que rebatan dicha retórica: la tendencia de las migraciones Sur-Sur son superiores a las Sur-Norte, la mayoría de las entradas a Europa se producen por aire; la inmigración tiene consecuencias positivas para el país receptor y, por último, los países con ingresos bajos están atendiendo a la mayor parte de los refugiados e inmigrantes. 

La negación del derecho a ser inmigrante, a escoger el plan de vida propio y a circular libremente ha generado una enorme crisis del estado de derecho. La experta en política de migraciones Catherine Withol de Wenden, afirma que «el derecho a la movilidad supone una de las mayores desigualdades del mundo actual, cuando debería constituir uno de los derechos fundamentales del siglo XXI». Lo que Withol viene a decir es que pueden migrar los ricos de los países pobres, los más cualificados, los deportistas, los profesionales, los artistas y los estudiantes, pero no los pobres. Los estados quieren elegir «el inmigrado a la carta» y no son bienvenidos los migrantes que llegan en pateras o los musulmanes, personas con bagajes culturales «no occidentales» y que formarán parte de las clases sociales más bajas. 

Nos hallamos ante evidencias que deberíamos ser capaces de discernir con mayor objetividad. La primera gran lección del momento es que no estamos ante una crisis de movilidad humana, nos encontramos ante un problema estructural: hemos entrado en la Era de las migraciones y de los flujos de mercancías, de capitales y de informacionesy los migrantes se han convertido en un nuevo sujeto político. La segunda es que las migraciones entran dentro de las lógicas de oferta y demanda de un gran mercado laboral. La economía y la demografía europea requieren una mano de obra necesaria para su desarrollo y el problema no está tanto en los inmigrantes sino en los excedentes migratorios. La tercera es que el reto humanitario e ideológico al que nos confronta las migraciones es tan determinante como el cambio climático, y no se resuelve incrementando el control de las fronteras, sino que requiere de acuerdos políticos y sociales de enorme complejidad. Finalmente, la cuarta lección es entender que las migraciones operan como una gran multinacional. Detrás de cada patera, de los controles fronterizos, de cada tarjeta de residencia, de cada drama humano, hay alguien enriqueciéndose. 

Pero la principal enseñanza de la Era de las migraciones es que no se puede luchar contra las migraciones, éstas son irreversibles y siguen unas pautas que están integradas en fases históricas específicas, tal como argumenta Saskia Sassen un su libro Inmigrantes y ciudadanos. De las migraciones masivas a la Europa fortaleza (S. XXI, 2013). Los estados miembros de la Unión Europea son conscientes de que este fenómeno no es pasajero y perdurará. El punto de inflexión fue la crisis de refugiados del año 2015, una de las crisis humanitarias más graves desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Este episodio hizo emerger las divisiones profundas de los Estados miembros en materia migratoria, quienes impidieron tomar las medidas conjuntas y necesarias para resolver la situación. Tal como manifiesta Yves Pascouau, director de Migración y Políticas de Movilidad del European Policy Centre, «las circunstancias son un campo abonado para las formaciones hostiles a Europa y a los extranjeros».

Occidente: La gran fábrica de sueños 

Esta Era de las migraciones requiere ser analizada desde su propia naturaleza, explorando las peculiaridades microhistóricas que ocultan los macrodatos estadísticos, y evitando análisis sensacionalistas como el que propone Stephen Smith en su polémico libro La huída hacia Europa (Arpa, 2018), en el que parte de datos demográficos sólidos pero, no obstante, los analiza de manera parcial y alarmista.

Según el sociólogo y teórico cultural Stuart Hall, Occidente es un constructo histórico y no geográfico, una formulación que, aunque emergió en Europa occidental, ya no se encuentra solamente en el Viejo Continente, pues ni siquiera toda Europa está en occidente. Para Hall, Occidente es un hecho geográfico y una idea, una herramienta de pensamiento que permite clasificar y categorizar las sociedades. Así, se equipara Occidente con lo moderno y lo desarrollado, mientras que lo no occidental se asocia a lo subdesarrollado, a lo peligroso y a lo extraño. 

Cabe añadir, además, la capacidad de lo occidental para generar necesidades, mitos y fantasías según el patrón de cualquier producto de mercado. Ousman lo narra de forma muy precisa a lo largo de su novela: «Veíamos a los aviones surcar el cielo africano y nos decían que estaban tripulados por hombres blancos, que eran todos pilotos, ingenieros, médicos... Yo quería ser eso, yo quería ser blanco [...]. Me contaron que los blancos, que vivían muy lejos, eran dioses. Un retazo de aquel mundo era el que llegaba por medio de las películas... Ver aquellas películas de blancos generaba muchas veces en nosotros la falsa necesidad de muchas cosas que no podíamos adquirir, pero tampoco nos hacían falta...». Las expectativas del nuevo mundo construidas a través de los canales satélite, los teléfonos móviles o internet no hacen sino provocar frustraciones y urgencias por llegar al paraíso terrenal. «Si no sabes que existen aquellas cosas no sientes el deseo de tenerlas. Pero, al mismo tiempo, tampoco se puede pretender ocultar a los africanos lo que hay en el mundo. No es justo, además es imposible». 

Hay que detenerse en las palabras de Oumar para vislumbrar el imaginario iniciado con las colonizaciones imperiales, el comercio de esclavos, el imperialismo y la dominación capitalista; todo el histórico social que las hegemonías occidentales han suscitado en el mundo. Pero lo más conmovedor del testimonio de Oumar no es la necesidad de «ser blanco», sino el hecho de considerar a los blancos como «dioses». Así, Occidente ya no es solo un lugar geográfico donde mejorar las condiciones de vida, sino el sitio donde habitan individuos superiores que, además, están convencidos de que el «resto» son inferiores. 

Los zoológicos humanos, las exposiciones de sociedades llamadas primitivas, los administradores coloniales, los misioneros y etnógrafos han ido configurando con el tiempo una imaginería llena de prejuicios y estereotipos exóticos, incriminadores y coloniales que se asocian en el inconsciente colectivo al negro y al continente africano, al indígena y al continente americano, al otro y a la otra en la diáspora. 

El imaginario instituyente de Occidente lleva a que muchas sociedades aspiren a volverse «occidentales», al menos en términos de lograr los estándares de vida occidentales. Un discurso que, sin duda, está impregnado en muchos migrantes. No obstante, también ha surgido un imparable pensamiento disidente al ideario occidental. El filósofo camerunés Achille Mbembe, en su libro Crítica de la razón negra (NED, 2013) sostiene que estamos viviendo un cambio de paradigma en el orden mundial al que denomina «El crepúsculo europeo». Según Mbembe, se está produciendo una toma de consciencia de las «humanidades subalternas» y una descentralización del enfoque eurocéntrico de la Historia Universal, algo que nos conduce a una pluralidad de enfoques históricos. El mundo «no occidental» está empezando a rechazar las reglas del juego impuestas hasta ahora y ha tomado la decisión de (re)escribir su propia narrativa. Tomando la idea de Ngũgĩwa Thiong’o, ha optado por liberarse de la cultura del eurocentrismo, desplazando el centro desde el lugar asumido por Occidente hasta una multiplicidad de esferas de todas las culturas del mundo. 

Hacia una Europa híbrida y mestiza 

Las ciudades europeas albergan cada vez más a personas de otros lugares. En nuestra vida cotidiana, al menos en los barrios trabajadores, la diversidad es una evidencia irrefutable. Sin embargo, nos encontramos ante un preocupante rechazo a la diferencia. Los conflictos identitarios y de clase están a la orden del día. La construcción de las identidades nacionales en los estados-nación se enfrenta a límites y retos identitarios. 

Tal y como apunta Mbuyi Kabunda Badi, la idea de estados homogéneos con las fronteras cerradas es anacrónico. No procede pensar una Europa en esos términos porque incluso su demografía envejecida juega en contra de una identidad nacional homogénea. La ONU calcula que Europa necesitará entre 2000 y 2050, unos cincuenta millones de inmigrantes —una media de millón al año— para estabilizar el número de habitantes. Los estados se enfrentan a dos grandes retos que provocan divergencias: el controvertido control de las fronteras y las revisiones de unas identidades nacionales que abarquen a la ciudadanía cada vez más plural en términos de diversidad étnica, religiosa y cultural. 

La película East is East (1999), dirigida por Damien O'Donnell, relata el choque cultural y de clase de una familia integrada por un paquistaní residente en Inglaterra desde 1937, y una inglesa con siete hijos, seis de ellos varones. Aunque en clave de humor, esta historia es el paradigma de los procesos de negociación que se iniciaron a partir de la década de los sesenta en Gran Bretaña, cuando surgieron grupos de personas, asociaciones y comunidades —afrocaribeñas, africanas y surasiáticas— entre los que destacaban movimientos feministas y gays, cuyo objetivo era la reivindicación política de la diferencia, activando políticas de reconocimiento y estableciendo una base de igualdad de oportunidades (Aixelà - Cabrer, 2019: 40). Las negociaciones se dan allí donde aparece el de afuera, el extranjero, y sobre todo cuando su naturaleza no es circular, sino que se basa en el asentamiento permanente, es decir en las diásporas que acaban conformando las minorías de un estado-nación. 

Esas minorías son plurales y están configuradas por mujeres y hombres de diferentes procedencias, edades, afiliaciones religiosas u orientaciones sexuales, y suelen entrar en conflicto directo con la noción de identidad nacional. En este sentido, el Reino Unido ha sido la gran antesala de las tensiones que fueron aflorando con las nuevas migraciones en diversos estados europeos. Según advierte el filósofo Will Kymlicka, los conflictos etnoculturales se han convertido en la fuente de violencia más común, y seguramente las personas migrantes (o las minorías) sean el chivo expiatorio. Estas pugnas no dejan de ser una cortina de humo que esconde las relaciones de poder económico y de privatización del mundo bajo la tutela del neoliberalismo, donde los aparatos de hegemonía cuentan con herramientas cada vez más potentes para conformar la conciencia de sujeto y que, como dice Ramón Grosfoguel, funcionan bajo principios raciales, ya que tienden a inferiorizar aquellas prácticas culturales «alternas» a Occidente: formas de existencia, de pensar, de actuar diferentes a las de la cultura dominante. 

Por otro lado, en palabras del escritor Donato Ndongo, España ha sido un país «monolítico», iniciado tras la expulsión de moriscos y judíos durante la «reconquista», cuando se impuso la idea de nación uniforme que posteriormente acentuó la dictadura de Franco y que se ha perpetuado hasta hoy. Por ejemplo, la negritud siempre estuvo poco representada, aunque es cierto que tras la independencia de Guinea Ecuatorial (la única excolonia española en África), en 1968, se incrementó el número de ciudadanos negros, que hasta ese momento se reducían a estudiantes guineanos, a exiliados cubanos o afroamericanos de las bases estadounidenses de Torrejón, Rota y Zaragoza. No fue hasta los años noventa que España (por razones mayoritariamente económicas), empezó a ser un país receptor de inmigrantes, muchos de ellos africanos que venían a trabajar en el campo y que empezaron a asentarse teniendo una presencia cada vez más significativa en las ciudades. 

Reto de futuro: revisar las identidades nacionales 

La creación de la idea de Occidente no solo impregna a las migraciones en sus decisiones de desplazamiento, sino que afecta a sus vidas en el lugar de llegada. Las denuncias racistas y xenófobas aumentan y las políticas de la gestión de la diversidad religiosa, étnica y cultural en lugares como Francia, Gran Bretaña, Países Bajos y, en menor medida, Portugal, que han sido un espejismo colonial, (Aixelà - Cabrer, 2019), se están quedando obsoletas. Las ciudades europeas se están transformando en territorios convulsos donde estallan las desigualdades de oportunidades y las diferencias inherentes a la noción misma de identidad nacional. Los conflictos que se generan entre mayorías y minorías, o entre las minorías se dejan entrever en territorios físicos y virtuales como nunca antes.

Las minorías emancipadas están modificando e intensificando su presencia en la esfera pública al aclamar el fin de la división esencial entre culturas hegemónicas y culturas subalternas. El surgimiento de colectivos, grupos antirracistas y de resistencia migrante o la incorporación de personas con bagajes culturales diversos —inmigrantes o hijos de inmigrantes— en las filas políticas, anuncian nuevas pautas de funcionamiento de la sociedad civil europea. 

Ante este panorama, cambiante e incierto, puede pronosticarse que la gestión de la ciudadanía se antepone al de la gestión de la diversidad. Para ello resulta importante crear mecanismos de memoria común y de ciudadanía compartida, además de encontrar dispositivos que detengan la retórica antiinmigrante. Parar los estereotipos, los reduccionismos y esencialismos asociados a las poblaciones migrantes es decisivo y urgente. Se trata de un trabajo conjunto, que debe realizarse desde las instituciones y los sistemas de representación social. Tanto la nueva población como sus descendientes tienen que estar representados, no reflejados, lo que implica una labor más poliédrica, ajena incluso a las nuevas guerras culturales. 

La ruptura con el determinismo y el culturalismo europeo es necesaria para crear un estado de derecho que abarque la pluralidad ciudadana y que vele por la igualdad de oportunidades. Dicha pluralidad requiere que exista un proyecto compartido en la diversidad que pasa por la revisión de la idea de identidad nacional. 

Las migraciones son inherentes al ser humano, nacen de una respuesta a las condiciones de vida, a las expectativas laborales o a los imaginarios históricos. Son una elección que atraviesa los límites de las fronteras y los espacios nacionales para afrontar otro tipo de barreras, esta vez sociales, culturales y políticas.