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El mar gris

Eluned Gramich


Doce ficciones sobre el futuro de Europa
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Pau Badia (@nomdenoia)
27 de mayo de 2019

Traducción de Marc Leprêtre

Me estaba esperando junto al campanario del pueblo, llevaba un sombrero y un abrigo azul largo abotonado hasta la barbilla. Una bolsa blanda tirada en el suelo a sus pies. Cuando me acerqué, me saludó y me dijo:

«Hola, soy Frena».

Su voz era alegre, lo cual era sorprendente. Normalmente, los extranjeros se mostraban irritables tras viajar todo el día en la camioneta de Big Ianto. «Eres Iestyn, ¿verdad?»

Me aclaré la garganta. «Sí».

«Viene del latín para justicia. Iustitia. Lo busqué online», explicó, sonriendo.

Nunca nadie había buscado mi nombre online. No sabía qué decir, así que cogí su bolsa y empecé a caminar por la calle. La chica me siguió, agarrando su sombrero por culpa de la brisa de finales de verano. Llevaba un estampado con flores doradas hechas de tela.

Fue una larga caminada desde Dwyond hasta casa, pero la chica no se quejó. Hizo preguntas sobre el pueblo: población, industria, temas lingüísticos. Me limité a sonreír y a encogerme de hombros; No sabía las respuestas. Yo tenía entonces dieciséis años y no había ido a la escuela tan a menudo como hubiese debido. Un gran cansancio se apoderó de mí mientras hablaba, deseaba poder estar solo por una vez durante mis vacaciones escolares. En vez de esto, tendría que pasarlas de nuevo haciendo de guía turístico. Por lo menos, esta era guapa.

Cuando llegamos Mamá estaba en la cocina. Apoyada contra la encimera, fumando sobre el fregadero con la ventana abierta. Su bata, que una vez fue lila, ahora era de un gris descolorido. La voz de Frank Sinatra entró en la habitación por la radio que estaba junto al horno.

Mamá miró a su alrededor, y apagó el cigarrillo en un platillo.

«Bienvenida». Su inglés siempre sonaba raro. «Pongo a hervir la tetera, ¿verdad? ¿Qué quieres beber?»

La chica insistió en que tomaría lo mismo que nosotros, exactamente tal como lo preparamos.

¡Con leche, si puede ser!

«Un té, entonces» dijo Mamá, sacando las tazas buenas. La mesa estaba cubierta con un grueso mantel blanco, con puntillas de encaje, cubertería fina y un par de pinzas para azúcar que nunca usamos.

Frena se ofreció para ayudar, pero Mamá la apartó. No es necesario, dijo, así que la chica volvió su atención hacia la fotografía de la familia que colgaba junto a la puerta. Se nos veía a los tres sentados en las ruinas del castillo de Dwynod: Mamá a la derecha, papá a la izquierda, yo en medio, un chico regordete con una sonrisa estúpida en la cara. Esto era antes de la separación y del problema con la granja, y mucho antes del accidente en la cueva de Lôntywod. La chica miró detenidamente la foto, más de lo que me hubiera gustado. Por lo menos no preguntó sobre papá. Quizás alguien de la agencia la había informado.

«Tenéis una casa muy bonita», dijo. «Oh, casi me olvido. Tengo algo para ustedes».

Cuando quitó su bolsa de mi hombro, sus manos rozaron mi pecho causándome una sensación inesperada de hormigueo en la piel. Retrocedí, un poco perturbado por el contacto.

«No es nada del otro mundo» dijo Frena, tendiendo el regalo. Mamá lo desenvolvió, procurando no rasgar el papel de colores, y apareció una escultura en madera de un perro peludo y rechoncho. Se lo quedó mirando, girándola en sus manos.

«Oh, es precioso, gracias», dijo de manera inexpresiva, antes de meterlo en el bolsillo de su bata.

«Me hablaron de la granja. ¡Pensé, ah! Les gustaran los perros».

Mamá vertió el agua caliente; tres bolsitas en una tetera. No era la primera vez que uno de los visitantes hablaba de «la granja». La verdad es que vivíamos en una casa de campo. Mamá vendió el terreno hace unos años tras la muerte de papá, junto con los animales. Fue una venta barata ya que la mitad de las tierras no se podían trabajar debido a las inundaciones.

Frena se quitó el abrigo, mostrando un vestido que nadie del pueblo jamás llevaría, una especie de túnica de patchwork brillante. Nos sorprendió a Mamá y a mi intercambiándonos miradas:

«Yo misma la hice», nos dijo.

«Muy bonita». Mamá nos hizo toda la ropa con la máquina de coser Singer que estaba en la habitación delantera. Le acercó la taza. «Hay galletas en la lata».

«Deliciosas, gracias».

La agencia siempre nos mandaba chicos porqué yo era un chico. Normalmente suelen juntar los niños con los niños, y las niñas con las niñas, y no entiendo por qué esta vez era diferente. Tenía diez años cuando Mamá empezó el negocio. Éramos la única «familia de acogida» de los alrededores. A las demás familias de Dwynod no les gustaba la idea de acoger a extranjeros en sus casas, en cambio a Mamá no le importaba. Además, necesitábamos el dinero. Había mucha demanda porqué había muy poca gente como nosotros. Padres ricos del continente querían mandar a sus hijos a algún lugar aislado, pintoresco. Sé que eran ricos porqué el visado es caro, igual que los vuelos, y había costes adicionales debido a los impuestos introducidos por el ayuntamiento que entró después de la separación. Tasas y cosas así. Los visitantes que llegaban de grandes ciudades del continente estaban acostumbrados a otro tipo de vida. Venían con portátiles y móviles, y dispositivos de muñeca para medir el ritmo cardíaco. Cuando bajaban para cenar y veían pan, mantequilla, y jamón en conserva sobre la mesa, tomaban fotos discretamente y las enviaban a sus familias. Probablemente hubiesen querido ir a Estados Unidos. Pero no importaba: algo de inglés aprendían, A Mamá le pagaban, y yo sabía que nunca más volveríamos a verlos.

«Son jóvenes. No conocen otra cosa», decía Mamá.

Una vez un niño se quejó tanto de nuestra comida que sus padres le mandaron un paquete. Lo retuvieron en la frontera, por supuesto, y el niño tuvo un berrinche cuando Mamá se negó a ir al pueblo a buscarlo. Dijo que vivíamos de manteca y pan como en la Edad Media y que era un milagro que no tuviéramos raquitismo. Mamá no contestó: giró la cabeza con frialdad hacia un lado y no le volvió a hablar hasta el día en que se fue.

Después del té, le enseñé a la chica su habitación. «¿Esto es todo lo que traes?» le pregunté cuando dejó su bolsa encima de la cama. «La mayoría de la gente que viene trae, digamos, que tres o cuatro maletas. No hay mucho que comprar por aquí».

«¡Eso es genial! Uno no es lo que compra, ¿verdad?»

Tampoco supe qué contestarle.

Su habitación era la que fue la de mis padres. Por eso tenía una cama de matrimonio, un armario, y vistas al jardín delantero. Mamá dormía en el piso de abajo en el sofá cama, lo que escondía a los visitantes.

A la chica parecía gustarle. «Todo es tan viejo y tan bonito».

«Si tú dices», le dije.

*

Unos días después, Mamá se encargó de que Big Ianto nos llevase a la costa. Debíamos juntarnos a un grupo de excursionistas formado por algunos jubilados de Dwynod del que Mamá había tenido noticias por el periódico local. Estaba seguro de que Mamá no había podido dormir y nos quería fuera de casa.

Frena estaba emocionada por el plan. Allí de dónde venía no había mar, explicó mientras envolvía nuestros sándwiches de huevo en papel de periódico. Fue una de las razones por las que eligió Dwynod para su «inmersión» inglesa, porque le encantaba nadar en mar abierto. De hecho, comentó que había tenido que pelear para obtener plaza aquí. Parece que la agencia era muy estricta con la regla de las chicas con las chicas.

Apreté lo dientes cuando escuché su deseo de nadar aquí, en el mar de Irlanda.

«Hace mucho frío», le advertí.

Se giró hacia mí, sonriendo.

«Te lo digo en serio, es peligroso. Hace tanto frío que tu corazón podría pararse».

Miré a Mamá en busca de apoyo, pero estaba mirando por la ventana de la cocina, esperando una señal de la camioneta, un cigarrillo apagado en la mano.

*

«Debe ser agradable para ti, tener una amiga que se quede durante el verano. Imagino que debes sentirte un poco solo», dijo Ianto, mirando por el espejo retrovisor.

Me encogí de hombros. Nunca me he sentido solo. Tengo a Mamá, y más o menos cada semana hago autoestop para ir al club de jóvenes agricultores donde me gasto la paga tomando cervezas con los demás.

«¿Está bien tu madre?», preguntó Frena. Me molesté sabiendo que Big Ianto podía escucharnos.

«Claro que está bien».

Se quedo callada un momento. «¿He dicho algo malo»?

Negué con la cabeza.

«¿Siempre es así?» dijo después de otra pausa. «Tan callada, quiero decir».

«Bueno, ¿de qué quieres que hable?»

Ianto se rio. «Yn union, ¡gyfaill! Yn union». Exactamente.

Se hizo un silencio embarazoso que fue en aumento. Frena podía llegar a ser tan complicada. A los visitantes anteriores, no me importaba ignorarlos, y a ellos tampoco les importaba ignorarme, se pasaban el día jugando con sus teléfonos y por la noche con sus ordenadores portátiles. Pero Frena no vino con nada de esto. Dios, parecía que no se le acababan nunca las preguntas. Y ella siempre estaba haciendo alguna cosa subiendo y bajando las escaleras corriendo, haciendo temblar toda la casa; forzándome a ir de paseo, o cosiendo, o pintando con la estúpida colección de acuarelas que tenía. Una mañana me saludó en mi lengua materna —¡Bore da!— y me molestó tanto que volví a subir a mi habitación. Parecía no entender que aquí era diferente: Dwynod no es un sitio al que vienes para maravillarte. Dwynod es un lugar donde haces las cosas lo mejor que puedes, y tratas de no pensar demasiado. La alegría de Frena me golpeó como una especie de ceguera voluntaria hacia una realidad de mierda. Pensé que la odiaba

«Iestyn, por favor, no te enfades».

Tenía la cara girada hacia mí, sus ojos oscuros, su boca alargada. Las manchas de luz se deslizaban sobre su cuerpo mientras avanzábamos.

Tenía los labios secos. Dije, «No estoy enfadado».

Me acarició amistosamente el dorso de la mano. «Hay tantas cosas que quiero saber de ti y de la granja. Como, por ejemplo, ¿cómo era antes de la separación?».

«No hablemos de esto», dijo Big Ianto, subiendo el volumen en la radio. «No quiero oír esa maldita palabra en mi coche».

«Lo siento...». Frena cerró los ojos con fuerza y por un momento me asusté pensando que Ianto la había hecho llorar, así que le devolví su gesto amistoso, acaricié su mano que reposaba sobre su muslo y, en vez de ignorarla, me la cogió y la mantuvo en la suya durante el resto del viaje.

*

El punto de encuentro de los Excursionistas —así es como se llamaban a ellos mismos— era una área de descanso varios kilómetros al oeste de Dwynod. Allí aparcaban sus Range Rovers y consultaban mapas plastificados extendidos sobre los capós. Los Excursionistas eran jubilados o, por lo menos, gente de la zona que no trabajaba. Yo los conocía porque eran los abuelos de los niños de la escuela.

«¿Quién es esa, entonces, Iestyn?»

Sentían curiosidad por Frena; era tan abierta y entusiasta, se alegraba de sus preguntas. Además, llevaba unos pantalones de pana que todos coincidían en que era lo peor que se podía llevar para una larga excursión. «¿Y qué tal te lo estás pasando aquí?»

«Realmente es maravilloso, he aprendido mucho, toda esta naturaleza, ya sabéis, y he conocido a gente interesante. Ayer Iestyn me llevó a ver a los cerdos. Nunca antes había visto uno de verdad. ¡Son tan grandes!»

Los Excursionistas se rieron y yo estaba muerto de vergüenza. Pensé que podían ver dentro de mí, descubrir el verdadero motivo por el que le enseñé a Frena los Dafydd Llangrrest Tamworths; para llevarla por el camino cubierto de flores a la granja de Dafydd. Iluso, estúpido.

Por lo menos, hoy sería diferente. Los Excursionistas la entretendrían mientas yo podría disfrutar de nuevo de mi propia compañía, como Mamá en casa. Me pregunté, mientras caminábamos por entre las zarzas ¿qué estaría haciendo mientras estábamos fuera? Me la imaginé poniendo un disco, sentada en el sillón, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados, satisfecha. También me imaginé a Padi, recostada sobre sus pies, calentándoselos, y me di cuenta de que era una escena imposible, porque nuestra perra Padi enfermó hace dos años y Dafydd Llangerch tuvo que matarla.

No pienses, me dije a mi mismo, solo camina. El camino de la costa era agotador debido a sus subidas y bajadas. El piso también estaba muy desgastado; en algunos lugares había desaparecido por completo, así que tuvimos que bajar de culo. Los Excursionistas eran expertos en la materia, aunque algunos tenían más de setenta años; eran enjutos y fuertes, y tenían buen ojo para las rocas y las mareas. El mar era de un gris oscuro, y apenas se distinguía del cielo. Pero no le prestaba demasiada atención, solo oí a Frena hablar otra vez del mar y preguntar si había un lugar donde pudiera zambullirse.

«Hay una pequeña cala en Lôntywod», dijo una de las mujeres. La conocía como Efa Dynbych «Es hacia dónde vamos. Después, el camino se complica. El mar se tragó la mayor parte de la costa de allí hacia el sur. En marea baja, puedes ver los tejados y los faroles de Lôntywod como antiguamente».

No me gustó esta charla sobre el pueblo hundido. Reduje el paso y me quedé rezagado No pienses en Mamá, me dije. No pienses en Lôntywod o en la separación. No pienses en el mar. Sencillamente, había demasiadas cosas en las que no pensar. Al menos estaba Frena, con su ropa rara y poco adecuada. Un sombrero con flores amarillas ocultaba su rostro. Cuando me cogió de la mano, noté que su piel era suave y un poco fría hasta que se volvió tan cálida como la mía.

No pienses en Frena, pensé. Pronto se marchará.

De hecho, era mejor no pensar en nada en particular; era mejor desconectar, dejarme llevar, seguro, por aguas tranquilas.

«¡Dios mío!» alguien exclamó en inglés. Después vi a Frena corriendo hacía donde había una grieta del lado del acantilado. Desapareció dentro la roca y volvió a aparecer un segundo después.

«¡Una cueva!»

«Eso no es solo una cueva», dijo Efa Dynbych. «Hace mil años aquí vivía un ermitaño. Puedes ver las muescas en la roca. Esa cruz, allí, ¿la ves?»

Si hubiera sabido que veníamos aquí, me hubiera quedado en casa. No estaba seguro de que este fuera el lugar —era muy pequeño cuando aquello pasó— pero sentí que no estábamos muy lejos. El sol estaba asomando por entre las nubes, cegador. Los Excursionistas se quitaron las mochilas y se instalaron para almorzar. Me uní a ellos tratando de no pensar en Papá.

«Qué vida más horrible», dijo Frena. «Imagínate estar sentado en este agujero todo el día, solo, con frío y hambre».

«Supongo que la gente le visitaba, pidiendo milagros».

«¡Pero mira que pequeño es! ¡Iestyn, mira!» Me arrastró por el brazo hasta la guarida del ermitaño. El aire era fresco por la piedra caliza. La cueva era más grande de lo que parecía desde fuera, pero, aun así, su cadera presionaba contra la mía. Su cabello olía a miel. Pensé que no me importaría quedarme aquí. Ya fuese solo o en compañía.

«Ahhh. Horrible», dijo Frena mientras retrocedía. «Este ambiente es horrible, ¿no crees?”

«Está bien».

Una vez afuera, respiró profundamente el aire salado, casi con ansia, mientras contemplaba la orilla. «Me voy a bañar. No os comáis todos los sándwiches, ¿vale?» Se rió, y se marchó dando media vuelta.

La cogí del brazo. «No».

«¿Por qué no?» Se volvió a reír, como si yo estuviera jugando.

«No es seguro».

Los Excursionistas nos miraban; sabía lo que estaban pensando. Efa Dynbych puso una mano sobre mi hombro.

«Sólo va a bañarse, Iestyn». Lo dijo con lástima.

vEl mar es impredecible», le dije. Era una palabra que escuché a menudo después del accidente.

«Estará bien».

«¿Por qué no vienes conmigo?», propuso Frena. «Así podemos cuidar el uno del otro».

«No, gracias».

Aun así, la seguí hasta la playa, aparté la vista mientras se quitaba la ropa, la miré de nuevo mientras avanzaba hacia el mar llevando solo unas bragas blancas. El agua le mojó los pies y chilló. «Tenías razón. ¡Está helada!» No podía dejar de mirar su pecho, como sus pezones se erizaban ligeramente, o su vientre redondo y de aspecto suave. «¿Iestyn?»

Crucé mis brazos; grité: «No vayas demasiado lejos»

«¡Está bien Papá

Rezongué. El mar parecía más agitado ahora que ella estaba en el agua, las olas se arremolinaban ferozmente en un resplandor de espuma blanca. Su piel oscura destacaba sobre el agua pálida y de aspecto sucio. Pero cuando se zambulló, ya no se puso de pie. Mientras nadaba mar adentro, sus brazos eran la única parte visible sobre las olas. «Está yendo demasiado lejos», murmuré. No pude evitar pensar en el día en que Big Ianto nos llevó a la oficina del forense de la ciudad para identificar el cuerpo. Y en ese otro día, años antes, cuando yo era un niño y la separación era aún reciente, y los problemas con la granja estaban empezando, cuando papá me llevó a ver la cueva del ermitaño. Fue durante ese paseo cuando me contó cómo el cerebro libera endorfinas cuando ya no puedes respirar, y que, si tuviese que quitarse la vida, elegiría ahogarse. Recordé cómo decidí no decir nada.

«¡Frena! ¡Ya basta ahora! ¡Frena

Sus brazos ya no se veían por encima de la espuma. Solo su coronilla oscura que se iba alejando más y más. «¡Frena!»

No pienses, me dije. No te impliques.

Pero era difícil, imposible, ignorar lo que estaba pasando ante mis ojos. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho. «¡Frena!»

Mire hacia atrás. Los Excursionistas se habían trasladado a una parcela de hierba en lo alto del acantilado. Agité los brazos, pero no reaccionaron. Grité. Chillé. Nada. Estaba solo. Apreté los puños con tanta fuerza, que se me clavaron las uñas. Mierda, oh Dios, mierda. Volví a mirar hacia el mar, la corriente agitada que arrastraba a la chica cada vez más lejos.

—«Por favor, no otra vez. Vuelve, vuelve»

Un brazo surgió en el aire, una mano, y luego desapareció.

No pienses.

Me quité los zapatos.

No pienses.

Y me dispuse a entrar en el agua helada.